jueves, 1 de abril de 2010

EL SITIO DE LEGUIN



Hace justamente 836 primaveras, un mes de abril como el que mañana comienza, pero del año 1174, el rey Alfonso VIII de Castilla acordó con su pariente el rey Alfonso II de Aragón repartirse el reyno de Navarra, que contra lo que podría pensar el actual consejero de Cultura no era un campo de fútbol, sino un país que respondía a tal denominación, fíjese usted si eran caprichosos nuestros antepasados.

Cada uno por su frontera, entraron a sangre y fuego devastando Navarra, y no teniendo fuerza suficiente con la que oponérseles, el rey Sancho VI, que con el tiempo llegaría a merecer ese título tan complicado de obtener entre los hombres (entre los de entonces y entre los de ahora) como es el de “Sabio”, tuvo que refugiarse en el castillo de Leguin, junto a Ardanaz, al abrigo de la peña Izaga.

Lo que ocurrió es que muchos de sus “ricoshombres”, no haciendo honor a la segunda parte de su nombre, y prefiriendo como buenos traidores reconocerse sólo en la primera, se habían pasado con armas y bagajes a las tropas invasoras, que siempre pagan más, desamparando de este modo a su señor natural y a su tierra.
El poder del rey Alfonso era tal que en pocos jornadas se plantó ante los muros de Leguin, donde tuvo cercado al rey de Navarra durante dos días.

Los castellanos talaron los almendros recién florecidos, arrasaron los campos recién sembrados y pisotearon los lirios silvestres, que con sus señales amarillas y violetas pugnaban por indicar la ruta de escape al buen rey don Sancho.

La situación era en verdad desesperada, así que tengo para mí que fue justamente entonces cuando San Miguel, al fin y al cabo arcángel guerrero, diseñó desde su atalaya románica la estrategia adecuada para poner fin al cerco, porque el caso es que aunque a estas alturas del siglo XXI sigamos sin saber cómo, el rey de Navarra pudo huir y refugiarse en Pamplona, desde donde envió rápidamente socorro a los sitiados.

Sí, San Miguel de Izaga tuvo que ser, porque dejó además en las tripas de todos los invasores fuertes retortijones y horrorosas y sangrantes erupciones en sus rostros, para que aprendiesen en carne propia que lo saqueado en casa ajena no solamente no aprovecha al cuerpo, sino que además hace perder el alma camino de los infiernos, y que no es de ley atacar a un rey cristiano, pudiendo combatir al sarraceno.

836 años después, los almendros y los lirios siguen floreciendo en Izagaondoa, pero del castillo de Leguin apenas quedan unas cuantas piedras que, a pesar de todo, siguen contando a quien quiera saberlo que, una vez, hace mucho tiempo, acogieron a un rey sabio en peligro.


© Mikel Zuza Viniegra, 2010