sábado, 17 de marzo de 2018

ULTIMA VOLUNTAD


Ermita de Santa Brígida, Olite, junio de 1456



-Esta imprudencia nos puede costar muy cara, Carlos...

-¿El valiente canciller vicecanciller Pedro de Sada, después de todo lo que ha pasado conmigo, tiene ahora miedo?

-No más que en otras ocasiones, pero meterse en pleno dominio de mosén Pierres no me parece lo más inteligente que me habéis obligado a hacer.

-Por eso no te preocupes: no tiene imaginación suficiente para pensar que podamos estar aquí. Y de todas formas tenía que venir aquí antes de marcharme definitivamente de Navarra.

-Si nos atrapan aquí, es cuando no podremos irnos para buscar ayuda que nos permita seguir con vuestra lucha. Nuestras arcas están vacías, y vos os empeñáis en hacer una ofrenda en este recóndito lugar.

-No tan recóndito, Pedro. Parece mentira que fueras alcalde de Olite.

-Me nombrasteis vos...

-¿Lo hice? Todo parece ya tan lejano... Pero aún así, desde la villa hasta aquí no hay más que un paseo. Siendo tan temprano, y al resguardo del encinar, es imposible que nadie nos vea.

-¿Queréis decirme de una vez qué estamos haciendo aquí en lugar de preparar el viaje a Francia? Os recuerdo que las tropas de vuestro cuñado Foix por el norte, y las de vuestro padre don Juan por el sur comenzarán en cualquier momento su ofensiva. Y si os apresan de nuevo, vuestra causa estará definitivamente perdida.

-¿Y cuándo no ha estado perdida mi causa, amigo Pedro? Eso es algo que nuestros enemigos no tienen: el ensueño de una causa perdida.

-Los que mueren por vos no lo hacen por un ensueño, a veces parece que lo olvidáis.

-No, no los olvido, y les agradeceré siempre todo lo que hacen por mí, pero también a estas alturas deben saber ya cómo soy.

-Seguís sin responderme: ¿qué estamos haciendo aquí?



-Ah, sí. Veréis, cuando era un niño, mi madre nos traía a la romería a mis hermanas y a mí, insistiendo durante todo el camino en que fuéramos generosos con nuestras limosnas. Una de esas veces, cuando la gente concentrada a nuestro alrededor era tanta que el dinero dispuesto para ese menester se había ya agotado, ella extrajo de una cajita que llevaba consigo una moneda  hermosísima: la prueba que el maestro numismático Guy de Toulouse le había preparado para celebrar los cinco años de su coronación. Una pieza única, con la B de Blanca coronada y el carbunclo y las lises de nuestra dinastía magníficamente buriladas en cada cara ¿Te das cuenta, Pedro? Y ella me la dio para que yo se la entregase a uno de aquellos mendigos que nos rodeaban.

-¿Y qué hiciste?

-Para mi vergüenza, he de decir que, como puedes ver en mi mano, me la quedé. Yo ya tenía ínfulas de coleccionista, a pesar de mi corta edad, y no podía consentir que aquella joya sólo sirviese para pagar el vino de alguna taberna  de Tafalla. A mi madre le dije que se la había dado a un ciego, a quien en realidad no ofrecí más que un mísero cornado de cobre...

-¿Y por eso estamos aquí, para calmar vuestra mala conciencia?

-Porque la voluntad de una reina es ley. Doña Blanca quiso que esta moneda se ofrendase en esta ermita, y eso es lo que voy a hacer, ahora que no sé siquiera si podré volver alguna vez. Si consigo hacerlo, juro ante la imagen sagrada de Santa Brígida de Suecia que daré esta moneda que ahora procedo a esconder en el suelo de su ermita, al primer pobre o necesitado que me encuentre.

-¿Y por qué no lo hacéis ahora mismo?

-Porque soy un rey tan en precario, que ni siquiera puedo permitir mostrarme ante los pobres y tullidos sin miedo a que me denuncien ante mis enemigos. Así que cumplo ahora la primera parte de mi voto, y en cuanto pueda, lo más pronto posible, haré lo mismo con la segunda. Y si yo no puedo, espero que tú lo hagas en mi nombre. Y si, a pesar de todo, tú tampoco puedes, confío en que siempre habrá en Olite romeros que, encontrando esta moneda tan particular, puedan liberarme al fin de mi juramento.

-Así se hará sin duda alguna, Majestad... 




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

FEMINISMO


Guillaumes de Marlain, rey de los heraldos de S. M. Carlos III el Noble de Navarra, siempre supo que aquel día llegaría. Lo que resultaba milagroso era haber podido ocultar hasta ahora a todos la verdad: que esos preciosos armoriales que a todo el mundo asombraban no los pintaba él, sino su mujer, Nanua de Irubide.

¿Pero cómo habría podido llegar a ocupar tan honroso cargo si hubiese mostrado desde el principio sus nulas artes para el dibujo? No: le había bastado siempre con apuntar las preferencias del monarca, y luego, por la noche, cuando estaba seguro de que ningún cizañoso de la Corte de Olite podía verlos, ir describiéndoselas a ella para que las plasmase sobre el papel o el pergamino.

Y claro que fue esa cierta excentricidad de los motivos reflejados en los escudos, la que fue dando fama al heraldo Guillaumes, pues nunca pudo conseguir que Nanua se ciñese a las rígidas reglas de la Emblemática. Respetaba el núcleo central de lo que debía representar, por supuesto, pero siempre le añadía algún detalle que parecía sacado de los márgenes de las Biblias moralizadas siglos atrás.

Así, en el Privilegio de la Unión, a la hora de representar al león pasante del nuevo escudo de la ciudad de Pamplona, lo hizo mostrando al rey de los felinos devorando a una pareja de cazadores, pues a ella nunca le había gustado la caza. Y cuando su marido tuvo que pintar el escudo de Olite para el Ayuntamiento de la villa, ella dibujó junto al olivo heráldico a la antigua diosa griega de la sabiduría Atenea, pues sabía que Atenea bendecía perpetuamente a los amantes que se besan bajo el que ella plantó en la Acrópolis de Atenas.

Y fue tal el renombre que alcanzó Guillaumes, que muy pronto comenzó a recibir encargos de muchas otras cortes de la Cristiandad, mientras el virtuosismo pictórico de Nanua crecía a la par. Hasta el día que el rey de Navarra comenzó las negociaciones para casar a su hija Blanca con el infante Juan de Aragón. Éste, siempre fanfarrón y altanero, no concebía su vida –y la de los demás- sino como una permanente competición. Así que nada más llegar propuso un desafío simbólico entre Guillaumes y su propio heraldo: Lope de Teruel. Cada uno trazaría el mismo escudo ante los ojos de todos los cortesanos, y luego los reyes decidirían cuál de los dos era el mejor.

Guillaumes no pudo negarse, pues su señor había aceptado de buena gana el reto, confiando en que su heraldo era uno de los más competentes y capaces del mundo, así que llegado el día del malhadado torneo, afrontó la vergüenza pública –que era también la de don Carlos y la de su hija Blanca- de admitir que él no era quien había pintado todos aquellos tan hermosos armoriales, sino que era Nanua quien los había dibujado. La carcajada del infante aragonés resonó por todo el palacio: “¿Es que hay heraldas en Navarra? ¡Por mi fe que nunca se vio tal cosa en el mundo!”

Pero entonces Blanca –cuyo rostro reflejaba su tremendo enfado- se levantó de su escabel y ordenó a Nanua que se aproximase. Allí mismo la nombró Reina de los heraldos de Navarra. Luego, sacándose el guante que recubría su mano, se lo arrojó a la cara a Lope de Teruel, diciéndole con voz muy taxativa: ¡Representad cada uno como mejor os parezca la condición femenina que tendrá la próxima monarca de estos reinos! Y muy presto se pusieron a ello ambos artistas.

Finalizado el plazo, pudieron ver todos –y todas- que el heraldo aragonés había dibujado un escudo de fondo rosa, en el que únicamente campeaba una paloma con una rama de olivo en el pico. Don Lope explicó que así se representaba perfectamente la manera pacífica de ser que ha de mostrar toda dama que por tal se precie, aunque el infante don Juan no pudo dejar de apostillar que el detalle de la rama de olivo en el pico estaba muy bien escogido, porque debía significar que la esposa debe tener siempre cerrada la boca mientras su marido no le dé permiso para hablar.

Dieron la vuelta entonces todos –y todas- para acercarse a contemplar la armería trazada por Nanua. Había pintado tantos y tantos motivos, que alguno incluso se salía del marco del escudo. Con muy firme voz fue explicándoselos todos: primero unos cubos y calderos, representando todos los que las mujeres tenían que llenar y transportar cada día hasta su casa desde los pozos de cada ciudad o pueblo; luego unas manos agrietadas, por tener que lavar la ropa en los ríos helados; luego un niño y un viejo, que simbolizaban las distintas edades de las personas que las mujeres tenían que cuidar en sus casas; luego venían unas letras desenfocadas, que representaban que no se les enseñaba a leer ni a escribir, y sólo por ser mujeres; luego venía un cuartel únicamente pintado de rojo, haciendo alusión a la sangre que derramaban las mujeres heridas, violadas o muertas en las guerras; y después venía una sirena muy elegante, porque a Nanua le gustaba nadar en el mar; y finalmente aparecía una corona muy hermosa y bien pintada, y a su lado un burro. Pero esta alegoría no quiso Nanua explicarla, aunque Blanca tenía cara de haberla entendido perfectamente…

Huelga decir que fue la Reina de los Heraldos de Navarra quien ganó el desafío, y que no tuvo que ocultarse nunca más para desempeñar su oficio. Mientras ella trabajaba, Guillaumes iba al pozo, lavaba en el río, cuidaba a sus hijos, enseñaba a leer y escribir a todos –y todas- los que se lo pedían, y se afanaba en aconsejar al rey para que mantuviese la paz en Navarra, cosa que ocurrió mientras el infante Juan no alcanzó el trono.



©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

lunes, 29 de enero de 2018

ESCRITURA AUTOMÁTICA


Cuenta la Crónica de Leyre que en el año 976, el severo abad don Munio, harto de la mala caligrafía que exhibían los novicios, les impuso como castigo que copiasen todo el Fuero Juzgo, códice que, además de ser pesado por las leyes que contenía, lo era también por lo grueso de su volumen.
Pasaban los jóvenes monjes las jornadas copiando cada capítula hasta que les dolían los dedos, porque ninguno se atrevía a desairar al abad. Pero tanta página dio como resultado que se agotasen todas las vitelas disponibles en el monasterio.

Se obtenía este material puliendo la piel de becerros recién nacidos, y muy pronto no quedó ni uno en los alrededores de Leyre, pues tenía don Munio la jurisdicción sobre la hacienda de todos los moradores, y exigió que fuesen llevados todos los becerros disponibles a la cuadra de los frailes.

Y asegura la Crónica que tan sólo Alodia de Unanua se negó a participar en semejante hecatombe, y que contestó a don Munio que no le daría ni uno sólo de sus pequeños becerros para que los convirtieran en libros de leyes, que como todo el mundo sabe luego no lee nadie. Y dijo más todavía, pues anunció que apelaría al rey Sancho II (apodado "Abarca"), para impedir que tal sacrificio siguiera llevándose a cabo.

Muy tranquilo quedó el abad ante este desafío por parte de Alodia, pues sabía muy bien que al rey le gustaba mucho leer, y no se opondría a que el monasterio produjese muchos libros, aunque fuesen de leyes. Pero no podía sospechar que Alodia sabía que a don Sancho lo que más le gustaba leer eran las historias de la Biblia, y que ella misma se las sabía también de memoria. Así que acogiéndose a la Justicia Real, citó a don Sancho, al abad, y a sus respectivos acompañamientos justo para dentro de dos meses: la mañana del día 28 de noviembre.

Y llegados todos ellos a su dominio, les situó en un estrado muy alto, delante del prado recién segado, y fue haciendo salir del corral, para sorpresa y maravilla de los allí congregados, a todos los becerros en perfecta fila, uno detrás de otro. Llevaban cada uno en su lomo escritos en letras muy grandes fragmentos de las Sagradas Escrituras, que era a lo que Alodia se había dedicado los últimos sesenta días, empleando -según aseguró al monarca- sólo pigmentos naturales que se disolverían con la lluvia, convenciendo de esta manera a don Sancho Abarca de que no hacía falta matar animales para obtener libros -nunca mejor dicho- hermosos y vivos.

Pero no todos los ternericos seguían la fila, sino que algunos se quedaban ramoneando la jugosa hierba, y otros, bien fuera por timidez o por cabezonería, se negaban a avanzar, permitiendo que les adelantasen sus hermanos, de tal forma que la historia que llevaban escrita variaba una y otra vez, sin que los lectores pudieran apartar la vista de tan hipnótico y mutante texto.

Aprendieron así que Moisés lo mismo bajaba que subía al Sinaí, hablando con Isaac, que había escapado del puñal de su padre. Aunque al rato volvía a estar otra vez dispuesto a la degollina, según avanzase o no el becerro que tenía escrito ese fragmento concreto en su piel. Y también que Cristo resucitó y fue después crucificado mientras los pastores cantaban villancicos, y que al tercer día huyó a Egipto con sus padres, mientras los Reyes Magos conversaban con el rey Salomón y la reina de Saba. O también que las Doce Tribus de Israel eran sólo Ocho, porque las otras cuatro preferían estar echadas a la sombra en lugar de seguir su orden en la fila, de suerte que quienes las sustituían llevaban escrita la historia de la creación del Mundo, que Dios no había hecho (al parecer) en siete días, sino tan sólo en tres, porque los otros cuatro se negaban a dar un paso más.

-¡Herejía! -Estalló don Munio a voz en grito, acusando a Alodia de manipular las Escrituras-. Pero don Sancho II estaba entusiasmado por aquella nueva manera de explicar la doctrina cristiana, mucho más entretenida que la que le hacían sufrir todos aquellos aburridísimos monjes. Así que declaró que el dominio de Alodia de Unanua quedaba bajo su protección, no pudiendo ser sacrificado ni uno solo de sus becerros, ni tampoco los de los predios vecinos, que siempre encontrarían allí seguro refugio.
A don Munio lo condenó a pasar lo que le quedase de vida leyendo exclusivamente el Fuero Juzgo, como un triste notario. En cambio a Alodia la nombró Señora de la Escritura Automática y Surrealista, cuyo propósito es vencer la censura que se ejerce sobre el inconsciente, merced a unos actos creativos no programados y sin sentido inmediato para la consciencia, que escapan a la voluntad del autor.

RETRATO DE ANDRÉ BRETON, por Victor Brauner
Muchos siglos después, en la primera mitad del XX, André Breton y los surrealistas, paseando por la orilla del Sena, encontraron, en los puestos de libros viejos de los bouquinistes, una copia de la Crónica de Leyre, y en ella la historia de Alodia, a la que tomaron desde entonces como ejemplo fundacional y vivificante de su movimiento literario, considerando que, de tal forma, el yo del poeta podría manifestarse libre de cualquier represión, dejando crecer el poder creador del hombre fuera de cualquier influjo castrante, aunque en el París de su época ya no hubiese vitelas ni becerros, pero sí -afortunadamente- cada vez más personas tan maravillosas como Alodia...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018






miércoles, 3 de enero de 2018

LA CAZA DEL PATXARÁN ROJO

Palacio Real de Pamplona, 2 de enero de 1378

-¡Despertad, Sire, está ocurriendo algo muy grave!

-¿Pero es que  no hay forma de dormir más de trece horas seguidas en este reino?

-¡Un heraldo del príncipe de Gales acaba de llegar, y dice que una nave rusa se acerca a la costa aquitana a toda velocidad!

-¿Rusa? ¿Pero dónde está Rusia? ¿No está allí donde dicen los bestiarios que viven los patagones y el Preste Juan? ¿Qué nos importa a nosotros una gente que ni siquiera sigue los sagrados mandamientos de la Iglesia de Roma?

-¡El mensajero dice que esa nave está equipada con una enorme bombarda, capaz de alcanzar Pamplona con sus proyectiles y dejarla convertida en polvo!

-¿Desde la costa aquitana? ¿No será que el príncipe Eduardo ha vuelto a abrir el barril de esa condenada bebida escocesa que me dio a probar cuando estuve con él en Libourne? Todavía me duele la cabeza al recordarlo...

-¡Sire, el enviado dice que no nos queda apenas tiempo!

-Está bien, hacedlo pasar.

-Majestad, soy Sir Jack Ryan, embajador plenipotenciario de mi señor, el príncipe Eduardo de Gales. Os supongo informado ya del motivo de mi presencia en vuestro reino...

-¿Y qué crédito puedo dar a esa razón, si me aseguráis que esos rusos cuentan con un arma capaz de alcanzar objetivos a tanta distancia? ¿Cómo voy a creerme semejante majadería? Y aunque la creyera, ¿que miedo puedo tener yo, si Navarra no ha tenido nunca problemas con Rusia?

-Porque la situación internacional ha variado por completo, Majestad: el rey de Francia, vuestro enemigo Carlos V, ha denegado el visado de entrada en su reino a una compañía de juglares que el Zar Leónidas le enviaba para su diversión y entretenimiento, pero los franceses han creído que en realidad venían para espiarles para nosotros, los ingleses, y ahora el Zar, desairado, amenaza con destruir toda Francia con su invencible bombarda.


-¿Destruir toda Francia? Que maravillosa perspectiva... ¡Si no me quieren como rey, que perezcan todos bajo las balas de cañón rusas!

-Disculpad, Sire, pero no creo que esa sea lo que la nave rusa pretenda en realidad. Opino que quieren desertar. Pero si Inglaterra los acoge, la furia del Zar vendrá contra nosotros. En cambio, mi señor Eduardo ha pensado que, si sois vos quien les da refugio en Navarra, Leónidas no podrá reprocharos nada, puesto que vuestro reino no tiene cuentas pendientes con Rusia. 

-¿Y cómo sabéis que esa nave quiere desertar y no hacer funcionar su bombarda?

-Porque su capitán no es ruso, sino lituano. Se llama Marko Ramius, aunque los rusos le llaman Vilnius Nastaniek (el maestro Vilnius). Si me proporcionáis un salvoconducto garantizado con vuestro sello real para él, para su tripulación, y para la compañía de juglares rechazada por los franceses, os aseguro que podremos evitar el conflicto. 

-La verdad es que ya estoy un poco aburrido de los juglares navarros, siempre que si la Txantrea barrio conflictivo, que si joder qué bien se vive en esta capital, que si nosotros los de La Única somos de buen corazón... Nada, está decidido: les otorgaré el salvoconducto que pedís. Por cierto, ¿no os habrá dado vuestro príncipe Eduardo alguna botella de ese brebaje escocés, estoy un poco aburrido también de tanto patxarán..

-¿Patxarán? ¿Y eso que es, Majestad?

-¿No sabéis lo que es el patxarán y decís que sois el consejero más avezado del Príncipe Negro?

-A mi señor Eduardo no le gusta que le llamen así...

-¿Cómo? ¡Sabed que soy Carlos II de Navarra, y que cuando vuestro señor no era más que un mocoso al que tenían que limpiarle los pañales, yo ya estaba combatiendo en Francia contra los reyes usurpadores, contra los Jacques, y contra todo el que ose llevarme la contraria, Sir Ryan!

-Como digáis, Majestad, pero please, firmad los salvoconductos ya, porque como me equivoque, Burdeos, París y Pamplona serán borrados del mapa.

-Mirad que si luego no me gustan los juglares esos...

-Os garantizo que os encantarán, Majestad, aunque son muchos. ¿Tenéis en Pamplona algún lugar donde puedan actuar tantos cantantes juntos? 

-¡Me ofende que lo pongáis en duda, Sir Ryan! Claro que lo tenemos, y además allí se sentirán como en casa, porque tengo entendido que nuestro Baluarte es calcado a la tumba de un famoso profeta ruso que está en la Plaza Roja de Moscú. Y os confieso que también es igual de feo, pero es que el arquitecto aprovechó mi ausencia en Francia para construirlo, y huyó en cuanto se entero de mi retorno, porque si lo llego a pillar yo...





En homenaje y recuerdo a que acudí yo ayer al catafalco pamplonés, y me di con su tremenda puerta en las narices, porque al Coro del Ejército Ruso, como si estuviéramos en plena Guerra Fría, le denegaron los visados de entrada y han tenido que suspender su gira. 
дерьмо!


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

viernes, 10 de noviembre de 2017

EL CONSEJO NAVARRO DE CULTURA SUGIERE ESTUDIAR ALTERNATIVAS AL PLAN ESPECIAL DE SALESIANOS



EL CONSEJO NAVARRO DE CULTURA SUGIERE ESTUDIAR ALTERNATIVAS AL PLAN ESPECIAL DE SALESIANOS


Ante el procedimiento administrativo que plantea cuatro torres de entre 13 y 17 pisos en la parcela que dejará libre en pleno centro urbano el traslado del Colegio de Formación Profesional de Salesianos, el Consejo Navarro de Cultura quiere expresar su desacuerdo y su oposición a que esta actuación se lleve a cabo tal y como está planteada en este momento.

El paisaje urbano histórico de Pamplona-Iruña tiene la suerte de poder contar con una panorámica que apenas ha variado en los últimos siglos, como puede constatarse comparando los dibujos que conservamos de viajeros del siglo XVIII, con la vista que la ciudad ofrece todavía hoy cuando se llega a ella desde el norte o se pasea por las huertas de la Magdalena. Una de sus perspectivas más icónicas, por cierto, ya que es la que durante generaciones han pintado, fotografiado o filmado casi todos los artistas que han querido reflejar el que probablemente sea su paisaje más hermoso.

Vista de Pamplona dibujada por Le Jeune hacia 1823
Esa secular línea del cielo es la que ahora mismo está en peligro de muerte, porque las cuatro torres previstas la destruirán a perpetuidad. Y por supuesto que las ciudades evolucionan, pero creemos que los posibles cambios han de hacerse respetando los lugares o paisajes concretos que las hacen distintas las unas de las otras y, sobre todo, las hacen perfectamente reconocibles para quienes hayan vivido, viven y vivirán en ellas.

Hemos aludido previamente al paisaje urbano histórico de Pamplona. Para que todas las personas tengan una idea aproximada de lo que hablamos, diremos que la Recomendación sobre el paisaje urbano histórico de la UNESCO, de 10/11/2011, define cómo paisaje urbano histórico, la zona urbana resultante de una estratificación histórica de valores y atributos culturales y naturales, lo que trasciende la noción de “conjunto” o “centro histórico" para abarcar el contexto urbano general y su entorno geográfico.

Este contexto general incluye otros rasgos del sitio, principalmente su topografía, geomorfología, hidrología y características naturales; su medio urbanizado, tanto histórico como contemporáneo; sus infraestructuras, tanto superficiales como subterráneas; sus espacios abiertos y jardines, la configuración de los usos del suelo y su organización espacial; las percepciones y relaciones visuales; y todos los demás elementos de la estructura urbana. También incluye los usos y valores sociales y culturales, los procesos económicos y los aspectos inmateriales del patrimonio en su relación con la diversidad y la identidad.

En su preámbulo considera, además, que los conjuntos históricos urbanos están entre las manifestaciones más abundantes y diversas de nuestro patrimonio cultural común, que se ha forjado generación tras generación y constituye un testimonio crucial del quehacer y las aspiraciones del género humano a través del tiempo y el espacio.

Igualmente reconoce el carácter dinámico de las ciudades vivas. Observando, sin embargo, que el desarrollo rápido y a menudo incontrolado está trasformando las zonas urbanas y sus entornos, lo que puede fragmentar y deteriorar el patrimonio urbano afectando profundamente los valores comunitarios en todo el mundo.

Por lo tanto, afirma que para defender la protección del patrimonio natural y cultural ha de hacerse hincapié en la necesidad de integrar estrategias de conservación, gestión y ordenación de conjuntos históricos urbanos en los procesos de desarrollo local y planificación urbana, como los asociados a la arquitectura contemporánea y la creación de infraestructuras, y que la aplicación de un planteamiento paisajístico contribuiría a mantener la identidad urbana.

Considerando por último que el principio de desarrollo sostenible entraña la preservación de los recursos existentes y que la protección activa del patrimonio urbano y su gestión sostenible es una condición indispensable del desarrollo.

Así mismo, el Convenio Europeo del Paisaje (Florencia 2000) Ratificado por España, en vigor y de obligado cumplimiento desde 2008, insta a las administraciones y agentes de cada territorio a establecer los mecanismos adecuados para la efectiva protección jurídica del paisaje. En definitiva: a llevar a cabo una política de paisaje.

Dicen que el emperador Carlos V, al ver que habían construido una catedral plateresca en mitad de la mezquita de Córdoba, exclamó totalmente abatido: Si hubiera sabido lo que teníais intención de hacer, de cierto que no os hubiera dado mi permiso, porque lo que aquí habéis hecho se puede hallar en cualquier sitio, mientras que lo que teníais antes no existe en parte alguna del mundo.

Construir en este lugar torres exactamente iguales a las que se elevan ya en cualquiera de sus barrios periféricos conseguirá justamente ese efecto: hacer lo mismo que hay en cualquier lado, para arruinar un paisaje que sólo existe allí, pues superarán por ejemplo el impacto visual de la catedral gótica. Y ya no tendrá remedio.


También queremos dejar constancia de que entendemos que la zona y el entorno en el que se quieren edificar las torres, posee una importancia cultural innegable, si tenemos en cuenta la definición de la misma incluida en la Carta del ICOMOS Australia para Sitios de Significación Cultural - Carta de Burra, que entiende por importancia cultural, entre otros valores el estético, el histórico, y el social o espiritual que un sitio reviste para las generaciones pasadas, presentes y futuras y que se manifiesta físicamente en el sitio propiamente dicho.

Todas estas razones son las que nos mueven a solicitar que se adopten medidas para proteger este paisaje histórico y cultural, por lo que recomendamos que se valoren otras alternativas y se opte por soluciones urbanísticas más respetuosas con el entorno y con la propia historia de la ciudad.


EL CONSEJO NAVARRO DE CULTURA
KULTURAREN NAFAR KONTSEILUA

viernes, 22 de septiembre de 2017

FIN DE TRAYECTO


Barcelona, Palau Reial, 23 de septiembre de 1461

-Tío, prometedme que llevaréis algo mío a Navarra.

-¿Qué he de prometeros? Vos mismo iréis conmigo. Y recorreremos de nuevo las veredas entre Tafalla, Olite y Ujué. Las gentes saldrán a los caminos para ver a su rey y señor, y os pedirán remedio  a todos sus males, como siempre.

-No, ya nunca más volveré a prenderme una sanjaimeta al pecho.

-¡Os juro que lo haréis, aunque tenga que matar yo mismo a todos estos matasanos que os afligen!

-Mi problema ya no es de médicos, sino de clérigos. No pasaré de esta noche. Casi lo anhelo, estoy tan cansado...


-¿Qué decís? ¿Y qué haremos entonces los que nos jugamos todo por vos?

-Y demasiadas veces sin que yo os lo pidiera, tío. Me usasteis como cometa, y de tanto ascender al cielo, he acabado chamuscado por el sol. Otros quizás lo hagan mejor que yo.

-¿Quién, vuestro padre? ¡Ah, si le hubiera alcanzado la lanza que le arrojásteis en Aibar...!

-Ahora tendría todavía más grandes pecados de los que confesarme. No, ayer fue día de luchar como caballero, y hoy lo es de morir como cristiano. Y dejad de llorar, ¿qué dirían si vieran a un gran guerrero como vos con los ojos cargados de lágrimas?

-Se me ha debido meter una carbonilla en los ojos, Majestad.

-Creo que ya podéis apearme el tratamiento, tío. Fuisteis siempre el primero en considerarme rey de Navarra, ahora tenéis mi permiso para retirar la corona de mi cabeza. Me ha pesado siempre tanto como las cadenas a un preso...

-¡Nunca! No hay cabeza en el mundo más digna de ceñir una corona que la vuestra, Charles.

-Hubiera sido estupendo que todos pensaran como vos, querido tío Johan. La de malos tragos que nos hubiésemos ahorrado, ¿no es cierto?

-¡Os juro que se lo haré pagar personalmente al maldito mosén Pierres y a su hermano don Martín!

-Templad vuestra furia, tío. Es una orden. Mi última orden. Navarra ya ha sufrido bastante mientras yo estaba vivo, que al menos sosiegue definitivamente el reino cuando yo muera. En realidad tengo otro mandato para vos.

-¡Lo que sea, aunque tenga que ir a Constantinopla para conseguirlo!

-No os pido tanto, mi buen don Johan: sólo que adornéis mi capilla ardiente con esos cinco paños bordados con las historias de Hércules tan hermosos que traje de Sicilia. Nunca fui tan fuerte como él, pero los trabajos a los que tuve que hacer frente no fueron, desde luego, menores que los suyos. ¿Lo haréis?

-Os lo prometo, príncipe. Perdón, Majestad.

-No os disculpéis, tío, que ni yo mismo he sabido nunca si era rey o príncipe. Y ahora ya da por fin lo mismo...



Y FUE ESCRITO ESTO PARA RECORDAR QUE MAÑANA SE CUMPLE EL 556 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE 
CARLOS IV DE EVREUX, REY DE NAVARRA, 
PRÍNCIPE DE VIANA 

© Mikel Zuza Viniegra, 2017

jueves, 24 de agosto de 2017

NO EN MI NOMBRE


Pamplona, 1 de junio de 1456

-La situación es desesperada, príncipe Carlos: los Peralta por el sur y los Foix por el norte están a punto de cerrar el cerco sobre la ciudad. Si no os marcháis cuanto antes, lo más probable es que volvais a ser apresado por vuestro padre, y me temo que esta vez no saldréis con la cabeza sobre los hombros...

-Para lo que me ha servido hasta ahora la cabeza, quizás sería un descanso que me la cortaran. ¿Y no hay otra solución que irme? Dirán que huyo, que os dejo desamparados...

-Cabría todavía la posibilidad que os llevo comentando desde hace tanto tiempo: levantar cuatro poderosas torres en el flanco noreste la muralla, casi sobre ella. Allí meteremos a todos los sospechosos de ser partidarios del rey don Juan, y os juro que les haremos pagar con sangre su traición. Bien sabéis que a él mismo le pareció buena idea levantarlas, que siempre ve traidores a su alrededor. Hagamos entonces lo mismo que él. ¡Dadme el permiso para construirlas y de vos quedará siempre memoria en estos reinos!

-Sí: memoria de sangre, memoria amarga, porque si ahora hago lo mismo que iba a hacer mi padre, ¿en qué me distingo de él?

-¡En que por una vez ganaríais vos! El sentimentalismo no tiene cabida en las labores de gobierno: sólo el dinero y el número de enemigos muertos en el campo de batalla.

-¿Y merece la pena reinar para acabar actuando así?

-Cuentan los griegos y los romanos que no ha habido rey sobre la tierra que haya hecho las cosas de otro modo, príncipe.

-Pues ya va siendo hora de que haya uno que las haga de otra manera, ¿no creéis?
 No. Ni mi última orden ni mi legado serán cuatro ominosas torres cuya fealdad me quite las ganas de entrar en Pamplona cuando regrese del exilio.

Marcharé mañana mismo, y os prometo que recabaré toda la ayuda que pueda en Francia, Roma o Nápoles. Pero ya que el de hoy va a ser mi último día en esta ciudad os diré en qué voy a aprovecharlo: cabalgaré hasta Burlada, y pararé a refrescarme en el pequeño palacio donde vivió mi prima Leonor, la hija de mi tía Beatriz.

Dejaré allí mi caballo, y subiré de nuevo a Pamplona a pie, silbando tranquilamente una tonada de Raimon de Miraval, mi trovador favorito,  probablemente acompañado por los peregrinos a Santiago que por allí pasan. ¿Qué mejores compañeros para un príncipe errante como yo?

Y por el camino me iré deteniendo a contemplar la extraordinaria vista que ante los ojos de quien saben apreciarla se ofrece: al extremo diestro la catedral, todavía en obras, como vigilando desde los montes de Goñi hasta el Gaztelu que tiene enfrente; entre medio, sólo las pequeñas torres de iglesias que no se atreven a cuestionar la hegemonía de las del templo mayor del reino; y en el extremo diestro, sobre la Magdalena, el placer de poder posar los ojos -viviendo en plena ciudad- en el color verde de las huertas que baña el Arga.

¿Y me decís que levante cuatro torres-adefesio sobre este vergel? No lo haré jamás.
No soy mi padre, a quien ni Pamplona ni el resto de Navarra le han importando nunca. No las conoce, y por tanto tampoco puede amarlas. Lo sé muy bien, porque es exactamente lo mismo que le pasa con mi hermana Blanca o conmigo.


-Como queráis, pero seguro que vendrán otros que sí levantarán las torres.

-Lo sé, tales personas abundan. Y dirán lo mismo que vos: que son necesarias, que son la mejor solución, que no han podido hacer otra cosa... Y dirán la verdad, porque ese tipo de gente jamás ofrece otra solución que multiplicar el horror a su alrededor. Destruirán un paisaje que sólo teníamos aquí, para hacer lo mismo que existe en cualquier otro sitio. Pero no podrán decir nunca que fui cómplice.

-Tan terco y testarudo como siempre, príncipe.

-¿No recordáis el dicho popular, mi señor tio don Juan de Beaumont? Pues resulta que se me puede aplicar muy bien:

"Cabezudo fue mi abuelo,
 porque nació aragonés.
 Más tozudo fue muy padre, 
¡Y yo como entre los tres!" 

-En fin... Id preparando vuestras valijas para el largo viaje que os espera mañana. Pero antes aún os queda una última labor de gobierno: en la sala contigua hay unos frailes Salesianos aguardando ser recibidos. 

-¿Y qué es lo que quieren, mi señor tío don Juan de Beaumont?

-Hablaros sobre no sé qué proyecto que dicen abanderar.

-Ya no tengo tiempo. Pero recordadles de mi parte lo que decía su fundador: "enseñemos a todos la belleza de la virtud." Si acaso veis que no reaccionan, y como parece que les gustan tanto las torres, encerradlos una buena temporada en la más alta del castillo de Monreal, que les vendrá muy bien reflexionar allí dentro... 



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2017